El costo emocional de emprender

Casos de estudios en las escuelas de negocio abundan sobre el tema, los tantos documentales en televisión lo destacan: la parte exitosa de muchos que hoy considerados empresarios de renombre, en especial en el sector tecnológico que son catalogados hasta de semi-dioses por sus hazañas: Musk por sus creaciones en Tesla; Kalanick por transformar la transportación con Uber en el mundo; Jack Ma por construir un imperio del comercio electrónico desde Oriente. Y eso, sin lugar a dudas, es positivo.

Pero con todas las historias de éxito y de los cientos de eventos, programas de estudio y hasta concursos destinados a que jóvenes se inserten en el emprendimiento se hagan fantasías paradisíacas -y me incluyo en ese grupo, pues las tuve al inicio cuando co-lideré una empresa- de que emprender es absolutamente maravilloso, de lo que no se habla tanto en el escaparate mediático y sí tras bastidores es de los duros golpes, en especial en lo emocional al manejar una empresa y la carga que reciben muchos directivos que se reflejan en discusiones por diferencias cual peleas en un matrimonio o que tomar una decisión de negocio a veces se vuelva como estar en una espiral del infierno sólo por la presión constante de justificar crecimiento e ingresos para el negocio.

En efecto, de eso no se habla tanto. En realidad, los empleados no son los grandes afectados: son quienes muchas veces lideran empresas y que transmitan esas malas vibras al resto del equipo dentro de la organización. Y en el grupo afectado muchas veces, los portadores del virus son jóvenes que se lanzan al mercado con una idea y cargan con todo tras sus espaldas para también llegar al umbral del éxito. Pero no todos llegan. No todos son portadas de revistas o son destacados “jóvenes empresarios del mes”.

Nadie dijo que crear un negocio es fácil. Pero tampoco nadie dice que el precio para ello a veces tiene que ser tu salud mental. Son muchos los casos de personas que llegando a las altas directrices de cualquier negocio, sufren de largas horas sin descanso, preocupados por cumplir objetivos a los accionistas. O que muchos lideran negocios también tienen serios problemas personales que pueden recaer en el estrés constante y destruir incluso largas relaciones de amistad o de pareja por encima de la preocupación constante por lo que pasa en el trabajo.

Es evidente que en los negocios, muchas veces las cosas no siguen su curso como lo planeado. Pero eventualmente quienes emprenden, deben dejar una frontera distintiva entre el fracaso personal y el de la empresa. Al fracasar, es un signo de oportunidad de establecer un nuevo plan y seguir adelante o quizás recuperar de lo perdido, sea emocional o en lo económico. Dicen que el fracaso no es opción, pero también hay que tener actitud para asumir de que has fracasado en el intento de llevar las riendas de ese negocio que lideras y seguir adelante. Esa es la gran diferencia de quienes pueden manejar sus emociones y no tener el gigantesco coste emocional de emprender.

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